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Un homenaje de Bradbury a Poe

 Una síntesis de “Usher II, abril de 2005”, relato número dieciocho de Crónicas marcianas.

Una vieja sed de venganza obsesiona al excéntrico señor William Stendhal, un bibliófilo experto en literatura fantástica y amante de las películas de terror.

Perseguido por tratar de salvar sus libros de La Gran Hoguera, decretada por las autoridades de la Tierra en 1975, Stendhal se refugia en Marte para poder urdir con paciencia un plan que acabe con los inspectores en “Climas Morales” y con los miembros de la “Sociedad para la Represión de lo Imaginario”.

Dichos funcionarios son los encargados de velar por el buen funcionamiento de la sociedad, denunciando, persiguiendo y encarcelando a todos los románticos incurables que, como Stendhal, se resisten a aceptar los más firmes preceptos de la realidad. Ahora también han llegado a Marte para imponer su realismo a todo el mundo.

La única verdad es la realidad

Para estos intelectuales orgánicos -eminentes sociólogos, políticos y neurólogos- la única verdad es la realidad. ¿Para qué sirven entonces los libros de fantasía, misterio y terror?

En una sociedad consagrada al pragmatismo -como el que pretende imponer este Orden Universal-, todo tiene que servir para algo y cumplir con una función. Al no ajustarse a la realidad, todos esos libros que expanden la imaginación son inútiles y, por lo tanto, deben ser eliminados de la memoria colectiva.

Para esto no hay nada mejor que el fuego purificador de una hoguera que -tal como lo indican las sacrosantas verdades de la ciencia- consume el papel a 451 grados Farenheit.

No es voluntad de poder ni deseo de censura lo que anima al gobierno a realizar tales actos. Todo lo contrario, las razones que lo impulsan son de índole puramente filantrópicas.

Los libros de escritores como Carroll, Lovecraft, Perrault, los hermanos Grimm, son inútiles e inservibles porque hablan de cosas que no existen. Sin lugar a dudas, se trata de libros subversivos que difunden por medio de su lectura el pesimismo social.

¿Sobre qué discurren, por ejemplo, las historia escritas por Edgar Allan Poe? Se trata de historias que giran siempre en torno a situaciones hórridas e imaginarias, creadas por una mente enfermiza o, en el mejor de los casos, por una inteligencia medieval educada en el error.

Por supuesto, Stendhal abjura de toda esa absurda monserga pergeñada por el gobierno, y decide recrear en Marte una mansión exactamente igual que la descrita por Edgar Allan Poe en su relato titulado: “La caída de la casa Usher”.

Las razones que guarda el corazón de Stendhal

Stendhal contempla extasiado la maravillosa obra de arte terminada por el arquitecto Bigelow. Se trata de una casa de aspecto lúgubre y siniestro. Todo en ella trasunta horror, desolación y melancolía.

La casa se encuentra rodeada por una laguna negra, que desprende permanentemente un pestilente olor a carne en descomposición. Unas máquinas ocultas oscurecen el sol, por lo que la mansión siempre se encuentra en penumbras.

El excéntrico bibliófilo ha gastado más de cuatro millones de dólares en construirla pero -como dice un viejo dicho- el corazón tiene razones que la razón no entiende, y él no desea otra cosa en el mundo que matar a todos los que quemaron su biblioteca.

Una fiesta de disfraces en la casa Usher

Durante muchos años Stendhal ha fingido ser amable con los miembros más conspicuos de la “Sociedad para la Represión de lo Imaginario”. Con una buena dosis de destreza actoral, ha engañado a sus enemigos y logrado relacionarse con la mayoría de ellos. Consumada la supuesta amistad, ahora los invita a una fiesta en la casa Usher.

Al llegar esa noche a la mansión, los invitados desconfían de semejante engendro arquitectónico. Algunos quieren retirarse, pero el anfitrión los tranquiliza diciéndoles que se trata tan sólo de un inocente baile de disfraz.

A poco de ingresar a la mansión, los distinguidos huéspedes serán los incrédulos espectadores de un cuento encantado; pasadizos secretos que conducen a misteriosas catacumbas, brujas de cera feísimas y desdentadas que maldicen y auguran la muerte, un enjambre de moscas metálicas queriendo meterse por las orejas de los invitados y murciélagos mecánicos volando sobre finísimos hilos de cobre.

Con el transcurrir de los minutos, los visitantes un tanto mareados por las copiosas libaciones de jerez y ya decidiamente en pleno jolgorio, aceptan mansamente el diabólico juego que les propone Stendhal: observar su propia muerte.

El juego del doble: una sombra ya pronto serás

Ocultos en las catacumbas de la casa, unos robots esperan el momento justo para reunirse con los invitados. Estas criaturas biomecánicas han sido construidas por el señor Pikes, ayudante y artífice junto a Stendhal del macabro plan.

Pikes, un artista notable, ha creado estas maravillosas criaturas de inteligencia artificial a imagen y semejanza de los huéspedes, con todas sus características humanas, pero, naturalmente, despojados de toda humanidad; dobles perfectos de cada uno de ellos y sólo en apariencia indistinguibles de los reales.

Todo es hilaridad y divertida confusión al juntarse unos con otros en el salón de baile. Por supuesto, no serán los invitados reales los que, como en un espejo, observen la muerte de su doble, sino a la inversa; serán las réplicas -al fin y al cabo, sombras de otras sombras- las que terminen presenciando la muerte de los invitados.

Uno por uno irán muriendo todos. La señorita Blunt será la primera en caer al ser estrangulada por un gorila mecánico. Luego le toca el turno al señor Steffens, quien termina sus días despedazado por una cuchilla de acero de un gran péndulo oscilante. Ningún invitado notará la diferencia entre la realidad y su réplica hasta que le llegue la hora de morir.

Consumados los crímenes -incluido el de Garrett, un inspector en “Climas Morales” que llega para desmantelar la monstruosa mansión-, Stendhal y Pikes partirán raudamente en helicóptero antes de que la casa Usher desaparezca sumergida en las pútridas aguas de la laguna negra.

Bibliogarfía consultada

Bradbury, Ray. “Crónicas marcianas”, editorial Minotauro, Bs. As., Argentina, 1995.

 

 

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

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