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Los largos caminos del pueblo gitano

 Nuestro pequeño mundo está lleno de prejuicios”.

Héctor Bonaparte

 

“Anduve, anduve por largos caminos”, así comienza la primera estrofa del himno gitano. La existencia de este pueblo rebelde y trashumante –motivo de misterio y fascinación en todo el mundo- siempre estuvo marcada por los prejuicios y estereotipos de la sociedad paya o no gitana.

 Los primeros refugiados que conoció Europa

 Los antepasados de los actuales gitanos abandonaron la India hace poco más de 1000 años. De ahí en más, nunca detuvieron su marcha hasta el punto de hacer del viaje una forma de vida. Aunque las causas que determinaron su éxodo todavía no han podido ser esclarecidas, algunos historiadores afirman que pudo deberse a la invasión islámica llevada a cabo por el ejército del sultán Mahmud de Ghazni entre los años 998 y 1030.

Después de un largo peregrinar por tierras del Cercano Oriente y Asia Menor, en los albores del siglo XIV llegan a Grecia, que se convierte así en el primer país de Europa en recibirlos. Los estudiosos que afirman la hipótesis de la invasión islámica como explicación de su partida de la India, arriesgan incluso, que los gitanos fueron los primeros refugiados que arribaron al viejo continente.

Su existencia errante siempre estuvo marcada por la incomprensión y la desconfianza de sus ocasionales vecinos sedentarios. En este sentido, los griegos no fueron una excepción, y al verlos por primera vez los confundieron con los atsinganos, una secta religiosa de origen persa compuesta mayormente por músicos, adivinos y encantadores de serpientes.

Interpelados por el malentendido, y sintiéndose en la obligación de aclararlo, los Rom (Hombre,  en lengua romaní) se presentaron como originarios del Egipto menor y descendientes del faraón. De este encuentro, se derivará posteriormente el nominativo de “egipcianos”, “cíngaros” o “gitanos”, con que la vieja Europa dará a conocerlos al resto del mundo.

Una vida llena de penurias

 La diáspora “egipciana” comprenderá muy pronto que el suelo que habita se encuentra dividido en dos mitades: una parte ocupada por aquellos que se creen dueños de la tierra y de todo lo que hay arriba de ella, y la otra parte poblada por los condenados de la tierra, seres prescindibles y marginales que, como ellos, fueron creados por Dios solamente para sufrir.

Si la historia la escriben los que ganan, entonces los gitanos carecen de ella. En Rumania fueron esclavizados hasta 1859. Allí, en los principados de Moldavia, Valaquia y Transilvania, miles de hombres, mujeres y niños Rom de la etnia boyash, ofrendaron sus vidas trabajando de sol a sol, sumergidos hasta la cintura en ríos que luego se iban tiñendo con su sangre, tratando de encontrar pepitas de oro para sus dueños.

Bajo pena  de sanciones muy severas –la mutilación de una oreja, y al infractor que reincidía, la castración- se les prohibió no sólo practicar sus “abominables costumbres”, tales como las de adivinar la suerte, mendigar, alimentarse de “carne muerta” o “vagabundear”, sino también hablar su lengua: el romaní.

La acción etnocida del Estado fue tan determinante, que muchos de los actuales descendientes de gitanos boyash han olvidado su lengua materna, algunos de ellos ni siquiera saben que sus antepasados fueron esclavos, e incluso, no pocos, reniegan de su pertenencia étnica para asumirse únicamente como descendientes de rumanos.

Gitano, “el enemigo del mundo”

Ante la presencia inquietante del gitano nómada, la sociedad europea en su conjunto comienza a plantearse algunas preguntas: “¿Qué clase de monstruos son estos individuos que se alimentan de carroña?” “¿Qué tipo de pactos hacen con el diablo?”

El escritor Ricardo Piglia, afirma que las tradiciones dominantes construyen dos límites para defenderse de los extraños, y que el delirio paranoico es un factor clave que interviene en la construcción de ambos límites. En una de estas fronteras, la diferencia se convierte en señal de amenaza; en la otra, en un enigma indescifrable. De una u otra forma, al extraño se lo reprime, se lo silencia, se lo invisibiliza, se lo corrige o se lo mata, y se hace todo esto porque se le teme.

El colmo de este delirio paranoico ocurre hacia finales del siglo XVIII. Toda Europa está convulsionada con los relatos sobre robos, raptos, asesinatos y canibalismo de los gitanos. Por este motivo, en una de las provincias de Hungría, se tortura a medio centenar de integrantes de la comunidad Rom  para que confiesen sus “fechorías”.

Naturalmente, todos los acusados fueron hallados culpables ante crímenes que nunca habían cometido, por lo que fueron, sin más dilaciones, ejecutados. Posteriormente, una comisión enviada por el rey José II, comprueba que allí, a excepción de los gitanos asesinados, nadie había muerto.

El día que los gitanos quisieron entrar en Roma

La diáspora Rom no encontraba paz en ningún lado. Adonde iban, los precedía siempre su mala fama. En un contexto claramente adverso a su estilo de vida, comenzaron a urdirse las ideas más delirantes para acabar de una vez y para siempre con el “problema gitano”. Como si los estigmas que los perseguían no fuesen ya suficientes, en un momento también se los culpó de haber fabricado los clavos con los que se había crucificado a Cristo.

Luego de andar penando como parias por toda Europa, un centenar de gitanos decide viajar a la Basílica de San Pedro para entrevistarse con el Papa. Querían aclarar con el Sumo Pontífice el espinoso tema de la crucifixión, para poder amigarse así, por lo menos, con el mundo cristiano.

En este periplo hacia Roma llevaban consigo una carta. En ella, le explicaban al Papa que los gitanos no tenían nada que ver con la muerte de Jesús, ya que habían salido de la India en el siglo X, es decir, mil años después de la muerte de Cristo.

La historia oral -que en este punto probablemente se mezcle con la leyenda- afirma que una parte de este grupo de valientes gitanos logró llegar hasta las puertas de Roma, pero que una vez allí fueron masacrados por un grupo de exaltados e inmisericordes gayós que temían por la vida del Papa.

Los gitanos en la actualidad

 A pesar de haber sido distinguido en 1982 por las Naciones Unidas con el rango de nación, el pueblo Rom aún hoy continúa siendo el más discriminado del mundo. Según una encuesta realizada en el año 2008, son el pueblo más despreciado del mundo y al que nadie quiere tener como vecino.

Por otra parte, el desempleo crónico en Europa ha fomentado la aparición de partidos de ultra derecha y de grupos neo nazis, cuyas principales víctimas propiciatorias siguen siendo los gitanos y los inmigrantes no deseados.

Algunos miembros de la colectividad Rom todavía se lamentan de la carta que no pudo leer el Papa. Con un candor que enternece, afirman que si se hubiera aclarado la inocencia de su pueblo con respecto a la muerte de Jesús, la historia, entonces, podría haber sido más benévola con ellos. Los gitanos -dicen- andaríamos por todo el mundo, en paz, con nosotros mismos y con los demás”.

 

Bibliografía consultada

 Bernal, Jorge (2014), “Historias, leyendas y tradiciones gitanas”, editorial Milena Caserola, edición bilingüe (romaní – español), Buenos Aires, Argentina.

Bloch, Jules, (1962), “Los gitanos”, editorial EUDEBA, Colección Cuadernos, número 65, Buenos Aires, Argentina.

Bonaparte, Héctor (19 / 12/ 2010) “Cuidado con los prejuicios”, en diario La Capital de Rosario, sección Correo de lectores.

Eco, Umberto (2013), “Construir al enemigo”, editorial Lumen, Buenos Aires, Argentina.

Ferretti, Omar (2017), “La pasión de los gitanos y otros artículos de divulgación antropológica”, editorial Laborde, Rosario, Argentina.

Halperin, Jorge (09 / 05 / 1993), “Bandidos, locos y fundamentalistas”, entrevista a Ricardo Piglia, en diario Clarín, Buenos Aires, Argentina.

Nedich, Jorge Emilio (2010), “El pueblo rebelde, crónica de la historia gitana”, editorial Vergara, Buenos Aires, Argentina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

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