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Una mirada antropológica sobre la pasión futbolera en Rosario

“Cuando la pasión arraiga fatalmente en nosotros y nos posee,

suele ser -tiene razón Kant- enfermedad incurable”

Alfonso Fernández Tresguerres

 

Para bien o para mal, Rosario no sería la misma ciudad sin el clásico entre Newell’s Old Boys (“leprosos”) y Rosario Central (“canallas”). Denostado muchas veces -y no sin razón- como el “opio de los pueblos” o “la droga dura de la democracia sin ideales”, lo cierto es que el fútbol también puede ser visto como la expresión cultural de un pueblo. De esta forma, los rosarinos pueden verse en el fútbol y, de manera frecuente, en esta actividad son vistos por los otros.

Si mi memoria no me engaña, creo que fue Jorge Valdano -el ex jugador de Newell’s Old Boys, oriundo de Las Parejas- el que una vez definió al rosarino como “una forma exagerada de ser argentino”. Si el argentino vive y goza del fútbol de manera pasional; el rosarino, en consecuencia, redoblará la apuesta convirtiendo a dicha pasión en una verdadera obsesión.

Cada vez que puede, la prensa de nuestro país -pero sobre todo la de Capital Federal- se hace eco de la anterior opinión, repitiendo hasta el cansancio que el clásico rosarino es uno de los más especiales del fútbol argentino, por la forma en que lo vive el hincha antes y después del partido, y por cómo se festeja un triunfo o se sufre una derrota.

Carece de la más mínima importancia saber si dicha afirmación es verdadera o falsa, o si va en camino de convertirse en un mito; lo realmente significativo de tal apreciación es, en definitiva, el consenso que genera, porque es a través de ella cómo nos perciben y cómo nos vemos los rosarinos.

El triunfo de Dionisio sobre Apolo

Consustanciados con el placer que provoca la desgracia y el sufrimiento ajeno, los hinchas de ñuls y de central viven el fútbol como una guerra, y lo que estas tratan de definir es la capacidad de un sector para imponer de manera definitiva una hegemonía: ¿quién manda en la ciudad?

Si echamos mano a la antropología interpretativa de Clifford Geertz, podemos definir al fútbol como un “juego profundo”, por la cantidad de significados que se ponen en juego en este ritual: el honor, el orgullo, la potencia, la hombría, la masculinidad, la identidad, el sentido de pertenencia, la gallardía, la autoglorificación; y como para el hincha estas cualidades no pueden constituirse sin excluir al rival, de allí deriva su deseo de inferiorizar y humillar de todas las maneras posibles a ese otro que no es nosotros.

En consecuencia, perder el clásico rosarino significará para los hinchas naufragar en un océano de incertidumbres ontológicas; es como si se perdiera -momentáneamente, porque el fútbol siempre da revancha- el rumbo y el sentido de la vida. Cada vez que se repite este ritual sucede lo mismo: Dionisio, el embriagador dios de la monstruosa desmesura, triunfa sobre Apolo, el equilibrado dios de la razón.

La inquietante presencia del enemigo

Con una facilidad sorprendente, nuestro pueblo crea diferencias y divisiones que luego se tornan irreconciliables. Recuerdo que mi padre solía contarme que en su época de años mozos, estaban los que seguían a la orquesta de Aníbal Troilo y los que seguían a la orquesta de Juan D’Arienzo, y que entre estas dos “barras” no se podían ni ver. Si somos capaces de organizar con lógica binaria los temas más baladíes, imagínese el lector lo que sucede cuando los argentinos discutimos sobre política, religión o fútbol.

En estos campos, el maniqueísmo se filtrará en todos los análisis y junto con él la construcción del enemigo. En el caso del fútbol, esta construcción suele disfrazarse de “folclore”, pero en definitiva no deja de ser una risa vengativa y burlona, una forma de gozar al prójimo para ostentar poder.

La risa vengativa como provocación

El genial Arthur García Nuñez -más conocido con el seudónimo de Wimpi-, afirmaba que los hombres necesitan reír porque no viven contentos en el mundo. La risa -decía Wimpi- es la válvula de escape que el hombre utiliza para canalizar toda su frustración. En uno de sus ensayos sobre esta problemática, escribía:

“El hombre desea, pero es el miedo el que lo frena en la consecución de ese deseo ante la posibilidad de peligro. Cuando las fuerzas exteriores inhiben el deseo mediante el miedo, en pos de la seguridad, el hombre queda resentido; de modo que cuando otro patina en la cáscara de banana o, por ser extranjero habla mal el idioma o, por ser casado la mujer lo engaña o, siendo soltero está por casarse, el tipo, al ver degradado un valor  -el valor estético del que tropieza y cae, el valor estético del idioma, el valor moral del matrimonio, el valor de la libertad que el soltero está a punto de perder- el tipo se ríe porque su impulso agresivo se ve satisfecho simbólicamente con el daño al prójimo” (cit. en Nuñez Pedrana, B., 2010: 8).

Y no deja de ser otro, el impulso que inspira a los bardos creadores de los cánticos tribuneros que bajan de las gradas:

Yo lo tengo a Olmedo, yo lo tengo al Che / ¿Y vos? ¿Qué carajo tenés? / Un equipo cagón que abandona / Hinchas putos que rompen carné / En mi nombre está el nombre de la ciudad / El tuyo no sé lo que es / Sos tan puto que hace cien años / Llevás puesto un nombre en inglés / Carnaval, carnaval / El carnaval es el pueblo / y el pueblo es hincha de Central.

Yo te vi correr por la peatonal / Y a tu equipo nunca alentar / Yo te avisé parlante de la B / Que vos ibas a perder la promoción / Que te iba a coger All Boys / Yo te avisé fantasma de la B / Y porque yo soy así / Leproso hasta la muerte / Por eso vengo a alentarte re – loco con esta gente / Llora parlante por mudo te fuiste al descenso / Vos sos sin aliento / Volviste al Nacional / No caben dudas que Rosario está de fiesta / Acá manda la lepra / Porque somos la hinchada más popular.

De este modo, la risa vengativa y burlona se erigirá como uno de los principales instrumentos de guerra de las dos hinchadas; las cuales, casi sin darse cuenta y con el mismo entusiasmo que ponen los niños en sus juegos, irán construyendo su propio infierno en la tierra.

 

Bibliografía consultada

Alabarces, P. y Rodríguez, M. G. (1998), “Fútbol y patria: la crisis de la representación de lo nacional en el fútbol argentino”, en la Web: (http://www.efdeportes.com/efd10/pamr10.htm).

Eco, U.  (2013), “Construir al enemigo”, editorial Lumen, Buenos Aires, Argentina.

Fernández Tresguerres, A. (2009), “Sobre las pasiones”, en El Catoblepas, revista crítica del presente, número 86, versión en la Web: (http://www.nodulo.org/ec/2009/n086p03.htm).

Geertz, C. (1987), “La interpretación de las culturas”, editorial Gedisa, Colección Hombre y Sociedad, México D.F.

Nuñez Pedrana, B. (2010), “Hablar en serio: filosofía, pedagogía y risa en Wimpi”, en la Web: (http://www.analisis.edu.uy/_media/monografias:betania_wimpi.pdf).

Tomas, M. (10/07/14), “Los verdaderos caballeros no festejan las desgracias ajenas”, en La Nación on line: ( http://www.lanacion.com.ar/1708639-los-verdaderos-caballeros-no-festejan-las-desgracias-ajenas).

Scher, Ariel (2006), “La pasión según Valdano”, ediciones Capital Intelectual, Colección Pasión Celeste y Blanca, número 2, Buenos Aires, Argentina.

 

 

 

 

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

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