• img
La inquietante presencia del “intruso”: la cuestión del “otro” en antropología

“Los otros, es decir, los extranjeros, los bárbaros,

aquellos que llaman la atención –por su aspecto

físico o por sus costumbres- e inspiran temor”.

Roger Bastide

 

  A los grupos humanos siempre  les ha costado concebir la idea de la unidad en la diversidad cultural. Ante la inquietante irrupción del otro, lo primero que sentimos es asombro, porque sus formas de vida, sus prácticas cotidianas y sus maneras de concebir el mundo, nos resultan, la mayoría de las veces, extrañas e incomprensibles a nuestro particular y etnocéntrico punto de vista.

“Ahora pues, descendamos y confundamos allí su lengua, para que ninguno entienda el habla de su compañero”: así explica el mito de la Babel Bíblica la confusión que produce el final del reinado de la lengua única. Es por eso que el “intruso” asombra y a menudo nos hace “ruido”.  No obstante, ello no impide que del asombro podamos pasar a la curiosidad, y de allí a la necesidad o deseo de establecer con el otro algún tipo de reciprocidad. De hecho, en la larga historia del homo sapiens, las alianzas entre grupos humanos culturalmente diferentes han sido más bien la regla que la excepción.

Pero también, y no menos frecuentemente, esa curiosidad se puede trastocar en desprecio, a tal punto de considerar al otro como inferior, o poco digno de compartir con nosotros el mismo mundo social. Así, el “descubrimiento” de ese “otro cultural”, se percibirá como una maldición que destroza, con su sola presencia, nuestras cómodas murallas de papel maché. Sobre esta última cuestión,  Castoriadis escribía con extrema lucidez: “A los sujetos de determinada cultura no les resulta igual comer carne de cerdo, o no, cortar la mano a los ladrones, o no;  si así fuera, todo se volvería indiferente, lo cual implicaría tener que tolerar en los otros lo que para ellos es abominable” (1993: 34).

De este modo, el “intruso” estará siempre acechando en el umbral de nuestras frágiles murallas. Por tal motivo, todo aquel que siga costumbres que no sean las nuestras será considerado un enemigo, o por lo menos, un ser inficionado y poco confiable, sospechoso de encarnar el mal. De acuerdo con el escritor Ricardo Piglia, las tradiciones dominantes construyen dos límites para defenderse de los extraños: en una de estas fronteras, la diferencia se convierte en señal de amenaza, en la otra en un enigma indescifrable. Como dos hebras de una misma urdimbre, dichos trazos se entrecruzarán para ir tejiendo una imagen negativa del “otro”.

Cornelio Tácito, historiador y gobernador del imperio romano, jamás pudo esgrimir una sola razón que explique su manifiesta animosidad contra el pueblo judío; simplemente le molestaba lo “raros” que eran: “…Consideran profano todo lo que nosotros tenemos por sagrado, y todo lo que nosotros aborrecemos por impuro es para ellos lícito (…) son raros ya que se abstienen de comer carne de cerdo, no ponen levadura en el pan, se circuncidan para diferenciarse, entierran a los muertos y no veneran a nuestros Césares…” (cit. en Eco, U., 2013: 16).

Además de seguir otras costumbres, el “otro” suele distinguirse también por su ordinaria fealdad. Al comienzo mismo de la novela “En la sangre” (1887), el escritor argentino Eugenio Cambaceres, describe el tipo físico de un napolitano recién llegado a la Argentina. En su descripción, ya se encuentra implícito un juicio condenatorio que vincula el tipo racial con las características morales del sujeto: “De cabeza grande, de facciones chatas, ganchuda la nariz, saliente el labio inferior, en la expresión aviesa de sus ojos chicos y sumidos, una rapacidad de buitre se acusaba” (1967: 13).

Diferenciado por su fealdad y por su dudosa moralidad, al “intruso” también se lo identificará por un olor característico. Para los europeos del siglo XIX, los gitanos eran hediondos ya que tenían la costumbre de comer “carne muerta”, y para el médico higienista José María Ramos Mejía, a los hijos de los inmigrantes que nacían en la Argentina, se los podía reconocer aunque estuvieran camuflados en sus distinguidos trajes de médicos, abogados o periodistas, incluso después de varias generaciones, por su “olorcillo picante a establo y a parva fermentada”.

 Extranjeros en su propia tierra

 Después de la segunda crisis del petróleo de los años ’70, Margaret Thatcher, por entonces, primera ministra del Reino Unido, sorprendió al mundo con la siguiente declaración: “no existe la sociedad, tan sólo hay individuos”. De aquí en más, el reino del individualismo más competitivo y salvaje se instaló hasta nuestros días; y junto con él, la moral calvinista del mérito que anuncia que “cada quien merece la posición que ocupa”. De acuerdo con esta moral, todos somos responsables de nuestra suerte, incluso aquellos que sufren las desigualdades más flagrantes (1).

Legitimada por los “próceres” de la escuela de Chicago, la citada frase desgarró hasta hacer trizas el lazo de fraternidad previo que toda sociedad necesita para creer en un proyecto y un destino en común. Como ya lo había hecho notar Durkheim en “La División del Trabajo Social”: “para que los hombres se reconozcan y garanticen mutuamente derechos, es preciso que se quieran, que, por alguna razón, se aprecien unos a otros y que aprecien una misma sociedad de la que forman parte” (cit. en Dubet, F., 2015: 45).

En este nuevo contexto, la gente empieza a desconfiar de todo el mundo y no se reconoce en la sociedad civil. La solidaridad, es decir, el sentimiento profundo de participar en la misma sociedad, parece esfumarse. Surge así una nueva modalidad de ensimismamiento: el otro, cualquier otro, será siempre un “intruso”, “alguien que me viene a robar el trabajo”, o “a usufructuar de las universidades y hospitales públicos”. De este modo, el otro se vuelve un extraño que está ocupando un lugar que no le pertenece, o un impostor que se hace pasar por algo que no es.

A propósito de impostores e imposturas, me gustaría plantear aquí una pregunta no exenta de ironía: ¿a quién se le ocurre ser negra afrodescendiente en un país de europeos y blancos? María Magdalena Lamadrid, más conocida como “la pocha”, es una ciudadana argentina, afrodescendiente de quinta generación que vive en Buenos Aires y es presidenta de la ONG “África Vive”. Hace unos años, esta mujer fue demorada en el aeropuerto de Ezeiza a pesar de que tenía todos los documentos en regla. Cuando preguntó cuál era la causa de la injustificada demora, los funcionarios del aeropuerto le respondieron: “es que su pasaporte dice que usted es ciudadana argentina, y en Argentina no hay negros”.

La historia que vivió nuestra compatriota María Lamadrid en Ezeiza, nos sirve para repensar el concepto de extranjería. En efecto, éste último rebasa los límites jurídicos. Se puede ser extranjero teniendo todos los papeles y siendo un ciudadano con todos los derechos y obligaciones que ello implica. Como afirma el antropólogo Alejandro Grimson: “Uno puede sentirse extranjero con documentos, extranjero en su propia tierra o extranjero en tierras que atraviesa como ciudadano (…) Cuando uno se siente extraño “en casa” no se trata de una cuestión legal o jurídica, sino más bien simbólica: la pertenencia” (2009: 13).

El “factor asco” en la construcción de la imagen negativa del “otro”

Algunos “otros” parecen ser más “intrusos” que otros: poseen el “physique du rol” que los condena de antemano como sospechosos e intimidantes para una sociedad que se siente cada vez más amenazada. Aparentemente, no hay nada que puedan hacer contra ese estigma. Artero y desconfiado, el fantasma de Cesare Lombroso sigue señalándolos con su dedo acusador (2).

El arsenal de términos racistas ha evolucionado al igual que lo ha hecho la sociedad. Para las clases más acomodadas de la Argentina de ayer eran “cabecitas negras”, para las clases mejor acomodadas de la Argentina de hoy son “mutantes”, sobre todo si se trata de jóvenes que usan gorritas como distintivo de pertenencia. Paradójicamente, cuanto más se combate al racismo, más malicioso y virulento se vuelve. Si ahora el “otro” es un “mutante”, se lo podrá convertir, entonces, en objeto de muerte y expulsarlo definitivamente del cuerpo social sin ningún tipo de remordimiento (3).

En un contexto global de competencia y desigualdad descontrolada, se torna cada vez más difícil desarticular la compleja trama del racismo. Ante la pregunta de cómo maneja nuestra sociedad la falta de seguridad que ella misma produce, Zygmunt Bauman arriesgaba en un reportaje la siguiente respuesta: “Una de las estrategias que implementan las sociedades actuales para manejar sus propios miedos y angustias es el desplazamiento (…) es decir que en vez de temer a la globalización descontrolada y a la fragilidad que ella misma produce, el terror se deposita en sus productos o emergentes: los refugiados, los inmigrantes, los pobres” (cit. en Pavón, H., 2009: 8).

Según la escritora peruana Silva Rocío Santisteban, tales “intrusos” -emergentes o productos de la globalización, como los llama Bauman-, serían las principales víctimas propiciatorias del “factor asco”: “Así como los países del norte convierten a los países del sur en verdaderas cloacas donde tiran toda su basura industrial, las clases más acomodadas de los países periféricos reproducen este mecanismo transformando en basura, es decir en materia prescindente a sus clases más empobrecidas” (cit. en Chababo, R., 2009: 6).

La responsabilidad por el “otro”

En mi opinión –y desde luego, no pretendo que todos los colegas vayan a estar de acuerdo conmigo en este punto-, el enfoque antropológico actual está más interesado en comprender que en juzgar, privilegiando sobre todo la empatía con aquellos que, a lo largo y ancho del mundo, han tenido que cargar con la cruz y soportar los azotes de los más poderosos o inicuos.

Adoptar dicho enfoque,  nos daría la oportunidad de asumir nuestra impostergable responsabilidad para con el “otro”. La misma responsabilidad hacia el prójimo que exigía Emmanuel Levinas como condición para ser una persona de bien; fundamento más que necesario para la construcción de un proyecto emancipador.

 Notas

 (1) Una vez alguien bromeó en un programa de televisión: “los seres humanos tienen alma, los economistas no”, y los consejos de algunos expertos en esa disciplina –como los que da el Dr. Germán Fermo, director de la Maestría en Finanzas de la Universidad Torcuato Di Tella- parecen darle la razón: “Si no te gusta tu salario, ¿por qué no te conseguís un trabajo mejor?” “¿Conseguiste un nuevo trabajo y te pagan el mismo salario que en el anterior?” “Entonces no te quejés: ese es tu salario de equilibrio”. “¿Querés ganar más? Estudiá, mejorá, innová, enriquecé tu capital humano”. (https://www.youtube.com/watch?v=rg4iUKwf7FA)

(2) Cesare Lombroso (1835 – 1909) fue un psiquiatra italiano representante del positivismo criminológico. Según su pensamiento, el criminal nato o en potencia podía reconocerse “por su anatomía, tomando en cuenta caracteres tales como la falta de simetría, tamaño pequeño de la cabeza, tamaño exagerado del rostro, frente baja y estrecha, orejas grandes, ausencia de calvicie, piel más oscura, ojos fuera de sus órbitas, o aspectos tales como no sonrojarse, lo cual era considerado como un claro indicio de criminalidad” (cit. en Mazzettelle y Sabarots, 2010: 342). Como residuo malicioso, la teoría lombrosiana goza todavía de gran popularidad en las escuelas de cadetes de policía y en buena parte del imaginario social.

(3) En los cómics o en las películas del género fantástico, hay “mutantes” buenos y otros malos. En estas ficciones, un “mutante” es un ser que ha sufrido una modificación genética, tiene poderes especiales y ya no se lo puede considerar totalmente humano; representa, en suma, una abominación o aberración de la especie. Como una forma de nombrar al “otro”, el término comenzó a ser usado por los agentes de policía para apodar a los malvivientes, quedando exceptuados de esta clasificación los delincuentes de “guante blanco”. Amplios sectores de nuestra sociedad -receptivos a los mensajes de inseguridad que propalan los medios de comunicación- se apropiaron de este término y empezaron a usarlo indiscriminadamente para referirse a un conjunto muy vasto y heterogéneo de personas, cuyo principal rasgo en común son la pobreza estructural y el desempleo crónico: cuidacoches, sectores populares que habitan villas miserias, familias que reciben planes sociales, militantes del movimiento piquetero, inmigrantes del interior o de países limítrofes, devotos del Gauchito Gil y de San La Muerte, etc. En la figura del “mutante” confluyen así, los dos límites a los que alude Ricardo Piglia. En efecto,  simboliza una amenaza, al mismo tiempo que un enigma indescifrable.

Bibliografía consultada

 Bastide, R. (1973), “El prójimo y el extraño”, editorial Amorrortu, Buenos Aires, Argentina.

Cambaceres, E. (1967), “En la sangre”, editorial EUDEBA, serie del siglo y medio, Buenos Aires, Argentina.

Castoriadis, C. (1993), “Reflexiones sobre el racismo”, en El mundo fragmentado, editorial Altamira, colección Caronte Ensayos, Montevideo, Uruguay.

Chababo, R. (11 /01 /2009), “El otro como construcción temible”, en Diario La Capital, suplemento Señales, Rosario, Argentina.

Dubet, F. (2015), “¿Por qué preferimos la desigualdad?”, editorial Siglo XXI, Buenos Aires, Argentina.

Eco, U. (2013), “Construir al enemigo”, editorial Lumen, Buenos Aires, Argentina.

Grimson, A. (2009), “Fronteras y extranjeros: desde la antropología y la comunicación”, en Extranjeros en la tecnología y en la cultura, editorial Ariel, colección Fundación Telefónica, Buenos Aires, Argentina.

Mazzettelle, L. y Sabarots, H. (2010), “Poder, racismo y exclusión”, en Antropología, editorial EUDEBA, Buenos Aires, Argentina.

Pavón, H. (18/07/2009), “El estado benefactor volvió para los ricos”, entrevista a Zygmunt Bauman, en Revista Ñ, Buenos Aires, Argentina.

Ramos Mejía, J. M. (2012), “Las multitudes argentinas”, editorial Fondo Nacional de las Artes, Buenos Aires, Argentina.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Comparte esto:
Sobre el autor
Omar Ferretti
  • Sígueme!
Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

No hay comentarios hasta ahora!

Deja tu comentario

happy wheels