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La gran masacre de focas en el Ártico

El autor de “El regreso al país de las sombras largas”, revela en uno de sus capítulos el infierno creado por los cazadores blancos en el Ártico.

“El estrago”, es el título que lleva uno de los capítulos más estremecedores de la novela que consagra definitivamente a Hans Ruesch como un escritor de merecida fama mundial. En este relato, una civilización basada en la codicia y la sed de posesión llega hasta la cima del mundo, transformando la vida de los que allí habitan en una verdadera pesadilla.

La novela de Hans Ruesch tiene como protagonistas a los esposos esquimales Papik y Viví. A cierta altura del relato, la pareja todavía no ha podido concebir un varón. Como en el gran desierto del Ártico contar con un futuro cazador es una condición fundamental para asegurar la supervivencia del grupo familiar, los jóvenes resuelven pedir ayuda a Siorakidsok, el viejo y sabio “angakok” de la comunidad.

Para llegar a él, Papik y Viví deberán recorrer un largo camino no exento de peligros hacia tierras árticas meridionales. En dicho periplo, conduciendo un trineo tirado por perros semisalvajes y perennemente hambrientos, la joven pareja avistará no muy lejos la presencia de un buque pesquero navegando cerca de la plataforma continental.

El encuentro con el hombre blanco

Impulsados por la curiosidad pero también por la necesidad de compañía humana, los esposos se dirigen con su traílla hacia donde está el barco. Desde la cubierta alguien les hace una señal con los brazos, y la pareja halagada responde con alegría al saludo.

El barco se detiene. Por medio de un sistema de poleas y aparejos, el capitán logra hacer descender una chalupa con tres hombres blancos a bordo. El trayecto que separa a la citada embarcación de la plataforma continental es relativamente corto: no más de trescientos metros son los que deben remar sus tripulantes hasta llegar a destino.

Ya con sus pies en tierra firme, los tres marinos se dirigen hacia donde se encuentra la joven pareja inuit. Aunque hablan con cierta dificultad la lengua de los “verdaderos hombres”, esto no les resultará un obstáculo para persuadir a Papik, quien termina aceptando gustoso la oferta de los tres forasteros: ir a cazar focas en alta mar, a cambio de un par de pieles y otros regalos. Naturalmente, no será esta recompensa lo que motive la aceptación de Papik, sino la posibilidad de mostrar orgulloso su destreza como cazador.

La caza de focas en alta mar

Como consecuencia de la rotura de los hielos durante el verano, el Ártico comienza a exhibir fisuras que con el correr de los días se harán más pronunciadas, favoreciendo de este modo la formación de banquisas: grandes bancos de hielo que flotan a la deriva en alta mar.

El instinto de supervivencia vuelve a la especie más sabia. Por eso, el período de parto de las focas coincide con esta rotura de los hielos. Cuando ven aproximarse este momento las focas preñadas que viven en el septentrión, nadan bajo el casquete ártico hacia el sur y se hacinan sobre alguna banquisa convirtiéndola en una maternidad flotante.

Aquí darán de mamar a sus crías y las pondrán a salvo del temible oso polar. Así será, al menos, por un tiempo, hasta que los cachorritos pierdan su inocente vello lanoso y aprendan a nadar. Pero la inteligencia de la especie, no podía tener en cuenta la presencia de un predador mucho más temible y artero que el oso polar.

El hombre blanco, un predador más temible que el oso polar

El banco de hielo al cual se dirigía el barco pesquero se encontraba atestado de focas. Al llegar allí, toda la tripulación desembarcó, a excepción de Viví, que por respeto a un ancestral tabú, se mantuvo escondida bajo la cubierta.

Un sujeto con ínfulas de mandamás, le entregó a cada tripulante un garrote de encina. Lo que sucedió después fue todo tan vertiginoso y salvaje, que Papik quedó paralizado por el horror; como si estuviera en una pesadilla, no podía entender lo que veían sus ojos:

“…Los palos en alto y dando alaridos como una horda conquistadora, los cazadores blancos penetraron en el rebaño de focas y se lanzaron sobre los albos cachorros. No contando por naturaleza con otra defensa que la huída, la mayoría de las madres se zambulleron al mar. Las pocas que intentaron oponer resistencia a los invasores con el peso de sus propios cuerpos, se desplomaron súbitamente bajo los garrotazos…”

“…Los pequeños emitían agudísimos balidos buscando la manera de escapar, pero el hospicio de maternidad se había vuelto un matadero sin salida. Cada cazador aferraba de una aleta al cachorro más próximo, le destrozaba el cráneo con el garrote, lo daba vuelta y le apuñalaba la garganta; después de lo cual, con rápidos tajos de su afilada cuchilla lo despojaba de su pielcita blanca y de la grasa que quedaba debajo…”

“…En la prisa algunos cazadores olvidaban rematar a sus pequeñas víctimas y algunas volvían en sí, ya desolladas y se ponían nuevamente a saltar emitiendo gritos estridentes. Mientras tanto, muchas madres repuestas del desvanecimiento inicial, volvían al banco en busca de sus crías, las reconocían aún así, peladas, ya que sus hocicos estaban intactos; las besaban lloriqueando desesperadamente, o bien ofrecían a los cadáveres su leche con la esperanza de resucitarlos, pero ellas también terminaban masacradas…”

Un alegato en contra de la barbarie del hombre civilizado

Sin lugar a dudas, este relato de Hans Ruesch puede leerse como una denuncia contra la codicia y la crueldad que la civilización del hombre blanco ha venido practicando no sólo en esa punta del planeta, sino en el mundo entero, por lo menos desde hace unos quinientos años.

¿Qué pasará cuando este hombre encantado y embrutecido por el fetichismo de la mercancía, no tenga más nada que vender porque ya lo ha destruido todo?

Puesta en esta encrucijada, nuestra pretenciosa civilización tal vez se de cuenta de una sola cosa: que el dinero no se puede comer.

(Artículo publicado originalmente en la página canadiense suite101.net el 6 de abril de 2013)

Bibliografía consultada

Ruesch, Hans. “El regreso al país de las sombras largas”, editorial Emecé, Bs. As., Argentina, 1974.

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

1 Comentarios

Melissa

2016-11-09 18:55:02 Responder

Interesante relato, uno escucha de estas masacres que hay al otro lado del mundo pero le da la menor importancia por ser de un lugar muy lejano y que no tiene que ver nada con nuestro país.
Pero no nos ponemos a pensar que esto destruye la vida del planeta y que en algún momento dado podría afectarnos en un futuro no muy lejano.
Me cuesta creer que hay hombres parásitos que solo piensan en llenarse los bolsillos a coste de vidas.
Pienso que estos parásitos no merecen vivir en este mundo juntos con otros seres que son nobles y no hacen daño a nadie ni al mismo planeta.

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