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La cuarta expedición de “Crónicas marcianas”

“Aunque siga brillando la luna”, es el título que escoge Bradbury para contar el arribo a Marte de los expedicionarios del capitán Wilder.

Luego de atravesar noventa millones de kilómetros de un silencioso y oscuro espacio estrellado, en algún día del mes de junio del año 2001, la nave al mando del capitán Wilder hace pie en el planeta rojo.

Al bajar del cohete, los expedicionarios miran con asombro el extraño paisaje marciano, con sus dos lunas, sus ríos de un azul profundo y su atmósfera enrarecida que a poco de caminar pone a los hombres como borrachos.

De pronto, los hombres sienten frío. El capitán prende una fogata, y el resto de los tripulantes se sientan alrededor de ella formando un círculo. Aunque saben muy bien que en la tierra los espera la fama y la gloria, nadie quiere pensar todavía en el regreso.

Noticias sobre la civilización marciana

Una segunda nave que tenía la misión de inspeccionar las ciudades marcianas, se une al grupo. Expectantes, los peregrinos en torno al fogón, escuchan el informe del médico y geólogo Hathaway: cuatro de las cinco ciudades visitadas, habían sido abandonadas hace miles de años.

No obstante, el espectáculo más horrendo y aún más desolador, es el que encontraron al revistar la última ciudad: esparcidos por las calles y por el interior de las casas yacían miles de cuerpos, muertos no hacía más de una semana; cadáveres marcianos negros como el carbón, quemados por el fuego, delgados y quebradizos como hojas secas.

¿La causa de la muerte? Una epidemia de varicela. Una enfermedad que en la Tierra no mata ni a los niños, aquí en Marte, sin embargo, había hecho estragos. Si bien seguían desconociendo la suerte corrida por los anteriores expedicionarios, ahora sabían, al menos, que habían tenido contacto con los marcianos.

Para los espíritus más confiados de esta cuarta expedición, el corolario del “informe Hathaway” resultaba más que evidente: si la civilización marciana estaba más muerta que un dinosaurio, entonces la suprema sabiduría de Dios que dirige todas las cosas, había querido que el género humano se adueñe del planeta Marte.

El comienzo de una fiesta dionisíaca en Marte

Alguien una vez dijo que el problema que hay en el mundo es que los hombres inteligentes dudan, mientras que los estúpidos están llenos de confianza. Confianza en el progreso, en el futuro, en los avances científicos y tecnológicos, en la civilización mecánica, en el cálculo racional, en la eficacia y la eficiencia.

A excepción del arqueólogo Spender, el resto de la tripulación tiene puesta sus esperanzas y certezas en tales cosas. Para celebrar destapan latas de alimentos y botellas de vino dulce, que rápidamente empieza a circular de mano en mano. Uno de los expedicionarios se dirige hacia el cohete principal y recoge de su bodega un acordeón; otro de los peregrinos envuelve un peine en papel de seda. Juntos improvisan una melodía bailable y popular. La tripulación acompaña a los músicos con sus palmas y sus gritos. Mientras tanto, Spender, enfrascado en sus propios pensamientos, parece estar en otro lado.

El más exaltado del corrillo se levanta y se pone a bailar; de inmediato otros lo imitan, se toman de la cintura, hacen un “trencito” alrededor de la fogata. El capitán se suma a la algarabía general más que nada por compromiso, para no aguar la fiesta.

Biggs, uno de los más intoxicados por el alcohol, recoge las botellas vacías y se dirige tambaleante hacia un canal de aguas azules. A duras penas, parado en el borde comienza a arrojar las botellas en las impolutas aguas del canal. Luego, con voz pastosa se pone a gritar ante el aplauso y aprobación de sus compañeros de farra: “-yo te bautizo con el nombre de canal Biggs”.

Los expedicionarios visitan las ciudades abandonadas

Un incidente que ha cortado abruptamente el festejo, es aprovechado por el capitán quien decide ir con el grupo a echar un vistazo a las ciudades abandonadas. Los expedicionarios caminan por sus calles, sin prestar demasiada atención ni a la imponente cadena montañosa que rodea la ciudad, ni a los monumentales vestigios de cultura material que ha dejado la civilización marciana.

A pesar de las advertencias del capitán de mantenerse en silencio, algunos aúllan como lobos, se comportan como estúpidos, cuentan vulgaridades, alardean de sus conquistas amorosas allá en la Tierra. De repente, la atmósfera se llena de un olor acre: es el hígado de Biggs que no parará de vomitar hasta expulsar todo el alcohol que ha ingerido.

Spender, el “aguafiestas”

Spender, la oveja negra del grupo, ha tenido un comportamiento extraño desde su llegada a Marte. Todo el tiempo ha estado pensativo y con el rostro ceñudo, y hasta se ha tomado a golpes de puño con Biggs, luego del episodio del canal.

Para la mayoría, su cabeza anda mal y sus pensamientos desvarían al punto de desconcertar al resto de los expedicionarios, sobre todo cuando parece hablar con ínfulas de monje tibetano:

“…Nunca conoceremos los verdaderos nombres de las cosas que están aquí; les pondremos, por ejemplo, nombres nuevos a esas montañas, pero estos nombres serán como máscaras falsas que resbalarán sobre ellas como el aceite (…) lo mismo pasará con sus calles y sus ríos a los cuales les daremos nombres como Lincoln o Roosvelt (…) los seres humanos tenemos la capacidad de arruinarlo todo, muy pronto vendrán los hombres de negocios e instalarán sus puestos de hamburguesas y salchichas (…) los mares se llenarán de diarios viejos y de envases…”.

Este exceso de empatía por parte de Spender con la civilización marciana, lo irá transformando a los ojos de los demás expedicionarios en un extraño, y por lo tanto, en el único “sobreviviente” de una civilización desaparecida. El solitario Spender tratará de “salvar” a la civilización marciana del desastre, intentando eliminar a sus antiguos compañeros de viaje.

En una lucha desigual, será perseguido y acorralado entre los riscos de una montaña. Para los confiados hombres de la Tierra, se convertirá en el único obstáculo que habrá que destruir para que el género humano comience a escribir su epopeya en el planeta Marte.

(Artículo publicado originalmente en la página canadiense suite101.net el 1ero de diciembre de 2012)

Bibliografía consultada

Bradbury, Ray. “Crónicas marcianas”, editorial Minotauro, Bs. As., Argentina, 1995.

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

2 Comentarios

Mariano Linari

2015-02-22 15:15:47 Responder

http://www.lanacion.com.ar/1770453-charles-bolden-los-humanos-podremos-encontrar-la-forma-de-sobrevivir-en-marte

Leía esta información esta mañana y automáticamente me acordé de Crónicas Marcianas y el miedo de Spender a que destruyamos todo.
Saludos desde San Marcos Sierras,Córdoba

Omar Ferretti

2015-02-23 16:11:26 Responder

Muchas gracias Mariano Por el envío y por tu comentario. Un abrazo desde Rosario!

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