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“Hay trabajo para usted en el Cielo. ¡Visite Marte!”

Sobre el asombroso encuentro nocturno entre Tomás Gómez y Muhe Ca, en las “crónicas marcianas” de Ray Bradbury.

Las ciudades marcianas visitadas por las naves del capitán Wilder y de su lugarteniente Hathaway (cuarta expedición, julio de 2001), parecían estar muertas, vacías de toda vida inteligente que pudiera ofrecer algún tipo de resistencia al afán expansivo de la especie humana.

Sólo como un indicio de que una vez Marte estuvo habitado por seres inteligentes, los expedicionarios encontraron todavía incólumes a sus colosales construcciones: rutas, edificios, casas, monumentos religiosos e Iglesias paganas. El resto, una pila de cadáveres negros, quemados y quebradizos como hojas secas, producto de la varicela que se había extendido en esta punta del universo, causando estragos a todos sus habitantes.

Mientras tanto, la situación en la tierra está cada vez más difícil. El desarrollo industrial fogoneado por los últimos avances científicos y tecnológicos, amén de la búsqueda inescrupulosa de lucro por parte de las grandes firmas comerciales, se han conjugado para generar una dinámica imparable y devastadora.

Como resultado de esta dinámica, ha surgido una civilización mecánica y “cosmofágica” que no parará hasta convertir a este planeta en un verdadero muladar. La lucha entre las grandes potencias por unos recursos naturales cada vez más escasos, precipitará la llegada de una nueva guerra mundial. Así como están las cosas, es natural que la gente deposite sus esperanzas en Marte.

Agosto de 2001, los colonizadores

Además de la incómoda situación que se vive en la Tierra, grandes anuncios animan a los hombres a lanzarse al espacio: “Hay trabajo para usted en el Cielo. ¡Visite Marte!”, rezan las publicidades estáticas dispuestas estratégicamente a los costados de las rutas.

Al principio son pocos los que se atreven a semejante aventura. Los más osados dejan atrás sus pobres vidas vacías, tal vez cargando con los sueños que nunca pudieron cumplir en la Tierra. Hay que tener mucho coraje para tomar la decisión. Vivir en Marte es como habitar en las altas cumbres, a más de cuatro mil metros de altura. La atmósfera está siempre enrarecida porque allí el oxígeno es escaso, y la gente se desmaya a poco de andar.

Algunos hombres no pueden soportarlo. En el mismo instante de la bienvenida, deben abandonarlo todo y retomar la nave que los llevará de regreso a su Patria. El otro problema es la inmensidad del espacio. Cuando hay que recorrer noventa millones de kilómetros de gases y polvo cósmico, la soledad que se experimenta durante semejante periplo, deriva en una angustia que termina enfermando a criaturas que siempre se han creído los reyes de la creación.

Diciembre de 2001, la mañana verde

En principio, para lidiar contra la falta de oxígeno de Marte, hay que contar con una caja torácica prominente. Pero, si la naturaleza no da a todo el mundo esta capacidad, habrá que plantar árboles. En verdad, habrá que plantar miles y miles de hectáreas de bosques de las más variadas especies, para que se pueda generar una usina de oxígeno.

La tarea de forestación es llevada adelante por el solitario colono Benjamín Driscoll, quien ha traído cápsulas con semillas y esquejes de la Tierra. Una sequía que dura mucho tiempo parece hacer fracasar su proyecto, hasta que por fin una noche llega la tan ansiada lluvia.

Al día siguiente, las semillas y retoños plantados por el sacrificado colono, se transformarán en árboles adultos. Así de mágico y maravilloso es todo en Marte. Ahora que el oxígeno abunda, la aventura de pasar el resto de los días en un planeta extraño, parece menos temeraria.

Agosto de 2002, encuentro nocturno

Tal es el título de una de las veintisiete historias que componen las “crónicas marcianas”. Primera particularidad que presenta este relato: Tomás Gómez es el único personaje con nombre latino que hay en toda la novela.

En la Tierra –aunque esto sea sólo una presunción de quien escribe estas líneas-, ha pasado por la experiencia de ser un inmigrante que vive en los Estados Unidos, “la tierra de las oportunidades” para muchos latinoamericanos. Inmigrante, aquí y ahora también en Marte, Tomás Gómez tendrá la oportunidad de dialogar con Muhe Ca, aparentemente, uno de los pocos “indígenas” afortunados que ha logrado sobrevivir a la varicela.

En toda la novela, el de Tomás Gómez y Muhe Ca, será el único encuentro cordial que se produzca entre dos seres que pertenecen a mundos diferentes.

Dos extraños a la luz de las dos lunas de Marte

El citado encuentro se produce en la ruta: es de madrugada y no se ve un alma por ningún lado. El hombre se siente cansado y decide aparcar su vehículo a un costado del camino. De repente, observa con sorpresa como “aterriza” sobre un promontorio de rocas, un platillo de color verde metálico con forma de insecto volador. Por una escalera que se ha desplegado al abrirse la portezuela de la nave, el hombre ve salir a su extraño conductor.

A cierta distancia, casi al unísono ensayan un saludo con la mano. Ninguno de los dos extraños está armado. Por medio de la telepatía, el marciano interpreta la lengua hablada por el hombre. Se preguntan quiénes son, de dónde vienen y qué hacen allí.

Tomás y Muhe Ca –los dos extraños a la luz de las dos lunas de Marte-, no pueden salir de su asombro. Tomás porque siempre creyó que la civilización marciana ya había desparecido, y Muhe Ca porque nunca había escuchado hablar ni de la Tierra, ni de los humanos que llegan en cohetes, ni de esa supuesta “plaga bíblica” llamada varicela que había exterminado en un abrir y cerrar de ojos a toda la raza de marcianos.

Una posible lectura de este encuentro, sugiere que la civilización humana y la marciana habitan en un mismo continuum del espacio – tiempo, aunque viviendo en dimensiones diferentes, como si se tratara de mundos paralelos.

(Artículo publicado originalmente en suite101.net el 30 de diciembre de 2012)

Bibliografía consultada

Bradbury, Ray. “Crónicas marcianas”, editorial Minotauro, Bs. As., Argentina, 1995.

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

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