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El deporte como signo de distinción social

Algunas reflexiones sobre el pasaje de lo aristocrático a lo plebeyo en los orígenes del fútbol argentino.

Contando con la aprobación de nuestras clases dirigentes, la famosa doctrina de Manchester -“Inglaterra será la industria del mundo y América del Sur su granja”- no sólo atribuyó a nuestro país el papel de proveedor de carne y grano, sino que declaró abiertamente la hegemonía de Gran Bretaña sobre esta parte del mundo.

Fue así como durante la segunda mitad del siglo XIX, junto con la construcción de siete mil quinientos kilómetros de vías férreas que les garantizaba el éxito de todos sus otros negocios, los ingleses establecieron prestigiosas escuelas con internado y fundaron numerosos clubes con el propósito de trazar una clara frontera social.

Entre los deportes que practicaron se encontraban el cricket, el rugby, el polo, el tenis y una disciplina corporal netamente masculina que contaría después con una amplia aceptación social entre los aficionados rioplatenses: el fútbol.

Una opinión sobre los deportes

Borges -que aborrecía la rivalidad absurda que fomentan los deportes competitivos, fuesen o no populares- declaraba con aguda ironía:

“…Es raro que Inglaterra -a la que yo quiero tanto- suscite bastante odio en el mundo, y sin embargo no se emplee nunca contra Inglaterra un argumento que podría emplearse: es el de haber llenado el mundo de deportes estúpidos…” (cit. por Sorrentino, F., 1996: 66 – 67).

Más allá de esta crítica, lo cierto es que a través de los deportes, los ingleses se veían como caballeros y deseaban transmitir una imagen que los identificara con el espíritu y la ética del “tercer tiempo”.

De acuerdo con esta costumbre, el adversario no debía ser visto como un enemigo al que había que someter a cualquier precio, sino como un digno compañero de ocio, merecedor de un trato más amigable. Imbuidos por esta filosofía, se esperaba que la confraternidad surgiría después del match, como consecuencia espontánea de la competencia leal y del juego limpio.

Comprometidos con el principio de que “se vive como se juega y se juega como se vive”, los inmigrantes británicos intuían que detrás de toda práctica deportiva se escondía una paideia, es decir, una disciplina integral que servía para moldear el carácter de la persona.

Según esta enseñanza, el jugador aprendería a no ser un esclavo de sus deseos y pasiones, adquiriendo progresivamente cierta forma aristocrática de conducta fundada en el predominio de la razón por sobre las emociones.

El deporte como una escuela de superación personal

Fortalecido su espíritu con estos valores victorianos -compartidos también por la Grecia clásica y el cristianismo- el deportista sería incapaz de cometer un acto indigno, como por ejemplo, lastimar intencionadamente al contrario, humillar al rival vencido, o protestar airadamente un fallo arbitral, porque sabría como controlarse y ser dueño de sí mismo.

Es que al igual que los griegos de la época clásica, los ingleses también creían en el imperio triunfal de una visión del mundo fundada en la racionalidad, el equilibrio y la armonía de Apolo, y abominaban al mismo tiempo el descontrol y las bajas pasiones que caracterizan a Dionisio, el dios de la embriaguez en la mitología griega.

Así, al considerar a los deportes como una escuela de superación personal, los pioneros del fútbol en la Argentina deseaban forjar en la conciencia de los jugadores la supremacía de los ideales “apolíneos” sobre las conductas “incultas” que emanan de lo “dionisíaco”.

A tono con el proyecto educativo sarmientino que dominaba en la época, se esperaba que esta hegemonía de los ideales “apolíneos” terminara confirmando el triunfo de la civilización sobre la barbarie.

Los clubes pioneros que supieron encarnar estos ideales, representaban lo más selecto de las familias tradicionales argentinas, y sus equipos de fútbol estaban conformados íntegramente por jugadores de origen británico. Tal es el caso del English High School, Alumni, Flores, Lobos, Belgrano y el Rosario Cricket Club o Plaza Jewell.

El fútbol argentino en los albores del siglo XX

Con el amanecer del nuevo siglo, el fútbol argentino -de acuerdo con las profundas transformaciones sociales y económicas que vivía el país- fue alejándose de ese perfil culto y aristocrático que le habían infundido los caballeros de origen británico, para ir adquiriendo paulatinamente una impronta cada vez más plebeya.

Los miembros de los sectores populares y aquellos que ya se perfilaban como pertenecientes a una naciente clase media -todavía en formación, es cierto, pero con una gran proyección-, despuntaban el vicio de la pelota en los patios de los colegios y en los “huecos” o terrenos baldíos que dejaba la inconclusa urbanización.

A medida que el interés por el fútbol se difundía, ya no podía ser usado por las élites como signo de distinción social. Este hecho marcaría el alejamiento de la práctica del fútbol por parte de los distinguidos clubes pioneros, quienes comenzarán a volcarse de manera definitiva a la práctica de deportes más selectos como el rugby o el tenis.

Refiriéndose a este pasaje de la “fundación británica” a la “fundación criolla” del fútbol argentino, el historiador Diego Roldán escribe:

“…Desde la década del ’20, el fútbol comenzó a mostrar signos de un convite masivo. El público que aistía a los estadios, si bien vestía riguroso traje de domingo y llevaba sombrero, era numerosísimo y popular. Los jugadores no eran miembros de las élites inglesas o locales y la mayoría no podía acreditar orígenes remotos ya que provenían de la clase media o de los sectores populares…” (Roldán, D., 2006: 72).

El nacimiento de una pasión popular

Al nacer el fútbol como “pasión de multitudes” -mucho tiempo después se añadirán slogans menos halagadores para definirlo, tales como: “el opio de los pueblos” o “la droga dura de la democracia sin ideales”-, se irá transformando al mismo tiempo la manera de interpretarlo.

A diferencia del aristocrático período pionero, el fútbol como deporte de masas se irá tiñendo con una impronta cada vez más “dionisíaca”, creciendo en importancia la figura del hincha, es decir, el aficionado que al identificarse con los colores de su equipo imaginará formar parte de una comunidad.

Consecuente con esta nueva formar de vivir el juego, irá adquiriendo mayor relevancia el resultado de un partido ante que los medios utilizados para conseguirlo. En este nuevo contexto, no resulta extraño que el fenómeno de la violencia comenzara a irrumpir en los estadios de fútbol.

En efecto, las agresiones verbales que los hinchas le dirigían a los rivales con el objeto de amedrentarlos e influir en el resultado, concluían, la mayor de las veces, en una batalla campal.

De la mano del popular deporte, la “tragedia de la desmesura” -al decir de Jorge Valdano- se instalará de a poco en nuestra sociedad, y de aquí en más perder un partido significará también para el hincha de fútbol perder el sentido de la vida.

Este período plebeyo del fútbol argentino alumbrará las rivalidades deportivas que ya todos conocemos: Boca Vs. River Plate; Rosario Central Vs. Newell’s Old Boys; San Lorenzo de Almagro Vs. Huracán y Racing Club Vs. Independiente.

Como registro de una historia que jamás volverá a repetirse, algunos museos dedicados al fútbol argentino han rescatado viejas fotos que nos muestran a los gallardos caballeros británicos del mítico Alumni ensayando poses de atletas.

Visitar estos museos y regodearse con estas imágenes, será el premio consuelo para todos aquellos que  añoran la época en que la ética deportiva valía más que el resultado de un partido.

Bibliografía y páginas consultadas

Archetti, Eduardo. “Masculinidades. Fútbol, tango y polo en la Argentina”, editorial Antropofagia, Buenos Aires, Argentina, 2003.

Echegoyen Olleta, Javier. “Filosofía contemporánea: Nietzsche (1844 – 1900)”, en: www.e-torredebabel.com

Roldán, Diego. “La sociedad en movimiento. Expresiones culturales, sociales y deportivas en el siglo XX”, Prohistoria ediciones y Diario La Capital, colección Nueva Historia de Santa Fe, tomo 10, Rosario, Argentina, 2006.

Scher, Ariel. “La pasión según Valdano”, ediciones Capital Intelectual, colección Pasión celeste y blanca, tomo 2, Bs. As., Argentina, 2006.

Sorrentino, Fernando. “Siete conversaciones con Jorge Luis Borges”, editorial El Ateneo, colección Grandes Reportajes, Bs. As., Argentina, 1996.

Wolf, Ema y Patriarca, Cristina. “La gran inmigración”, editorial Sudamericana, colección Vida Cotidiana, Bs. As., Argentina, 1997.

 

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Sobre el autor
Omar Ferretti
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Omar Ferretti nació en 1962 en el barrio Azcuénaga de la ciudad de Rosario, provincia de Santa Fe, República Argentina. A los 12 años ingresó a trabajar en la mítica librería de viejo -también peña de ajedrez- de los hermanos Ariel y Apolo Fernández. Como su paso por la escuela secundaria no le fue nada grato, al terminar ese vía crucis decidió inscribirse sin tanto preámbulo en la carrera de antropología, disciplina que consideraba con más méritos que a otras, por el solo hecho de que no figuraba como materia en los planes de estudio de la enseñanza media. Los artículos reunidos en este sitio son deudores de esa fantasía irresponsable, y también, por que no, de su precoz experiencia como vendedor de libros de segunda mano. Como antropólogo, actualmente ejerce la docencia en la Licenciatura en Historia de la Facultad de Humanidades y Artes, y en el PROUAPAM (Programa de Universidad Abierta para Adultos Mayores), ambas pertenecientes a la Universidad Nacional de Rosario.

2 Comentarios

Hey Cachalanga

2017-06-13 03:46:32 Responder

Me agrado mucho el artículo y me recuerda en algo a notas como las de fernandez moores. Cordial saludo

Omar Ferretti

2017-06-13 18:20:51 Responder

Otro para vos hey cachalanga, y muchas gracias por tu comentario.

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